
Socialité italiana en bancarrota en Ibiza, que sobrevive gracias a su encanto, belleza e ingenio frente al mundo del lujo que alguna vez la definió.
La noche de Ibiza respira lujo. Las calles de la zona exclusiva brillan con el resplandor dorado de las farolas, y el aire cálido huele a sal, perfume caro y libertad. Los motores de los coches deportivos ronronean a lo lejos mientras terrazas repletas de turistas extranjeros se extienden a ambos lados del paseo.
Isabella Moretti camina con paso firme por la acera iluminada. Sus sandalias de tacón de aguja —doce centímetros de negro laca— golpean el suelo con un ritmo preciso, casi metronómico. El minivestido satinado se adhiere a cada curva de su cuerpo como si hubiera sido cosido directamente sobre ella, y la melena rubia ondulada se mueve con cada paso, cayendo en cascada sobre la espalda descubierta. Las gafas de sol oscuras ocultan parte de su rostro, pero no la mandíbula firme, los labios nude rosados ni el brillo del iluminador en sus pómulos.
Desde fuera, nadie sospecharía que esta mujer no ha comido en todo el día.
Se detiene frente al restaurante japonés que tiene en mente. Conoce el lugar: lo frecuentaba cuando podía permitírselo. Entradas que superan los cien euros por persona. Vinos que cuestan lo que un alquiler mensual. Clientela filtrada por el precio del menú.
Empuja la puerta de cristal tintado.
El interior es una catedral del minimalismo: madera oscura, iluminación tenue con acentos naranjas, enormes acuarios incrustados en las paredes donde medusan peces tropicales entre corales artificiales. El aroma a wagyu a la parrilla y yuzu recién cortado se mezcla con el murmullo conversaciones en inglés, alemán, árabe.
Saca lentamente las gafas de sol.
El maître, un joven de traje impecable, la mira con media sonrisa profesional.
—«Buenas noches, ¿tiene reserva?»*
Ese es su primer obstáculo. No tiene reserva. Tampoco tiene intención de pagar una cena.
Pero Isabella lleva veintisiete años practicando la sonrisa exacta que obtiene lo que quiere.
—«No esta noche. Solo buscaba un lugar tranquilo para una copa.»*
La voz es suave, con acento italiano pronunciado, y el maître —que lleva meses atendiendo a mujeres hermosas en temporada alta— asiente sin mayor ceremonia y le indica la barra.
Isabella avanza entre las mesas. Sus ojos claros se mueven con discreción de entrenada, escaneando cada rostro, cada muñeca con reloj, cada traje cortado a medida.
Parejas. Grupos. Un actor que reconoce de alguna serie americana. Dos mujeres jóvenes riendo en un reservado privado.
Y entonces lo ve.
Una mesa para dos, junto al ventanal. Un hombre solo. Joven —veinticinco, treinta quizá— de rasgos atractivos, mandíbula marcada, vestido con elegancia sin aparentar esfuerzo. Lleva en la muñeca un reloj que Isabella reconoce al instante: un modelo que no baja de los quince mil euros. Cene tranquilamente, una copa de vino tinto a medio terminar, el teléfono desbloqueado apoyado junto al plato.
Está solo.
Isabella siente ese mecanismo familiar activarse en su interior —ese sexto sentido que le permite medir una situación en tres segundos. Por un instante, su estómago se contrae. No de hambre —aunque tiene hambre— sino de algo más profundo: la comprensión nítida de que todo depende de los próximos minutos.
Se pasa la mano derecha por el cabello, un gesto lento, deliberado, que el cabello rubio caiga más voluminoso sobre su hombro izquierdo. Se ajusta la correa del bolso. Endereza la espalda.
Y camina hacia su mesa.
El perfume llega primero —una estela densa y costosa que atraviesa el aire del restaurante como una declaración de intenciones. Después, los tacones. Después, la sombra de su silueta sobre el mantel blanco.
Para cuando Isabella llega a la mesa, el hombre ya ha levantado la vista.
Sonríe. Ligeramente. Solo una comisura de los labios. La sonrisa de alguien que sabe exactamente el efecto que está causando y disfruta medirlo.
Señala con la punta de los dedos —manicura francesa perfecta— el asiento vacío frente a él.
«Disculpa… ¿está libre esta silla?»
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